Los análisis de Tonkin (1996) y de Fettes (1996) sobre el funcionamiento del sistema lingüístico en Naciones Unidas a lo largo de muchos años indican que el actual régimen lingüístico refleja más el poderío político que algún principio de igualdad (por ejemplo, la lengua con el mayor número de hablantes o representativa de una selección de la ecología lingüística mundial) o de eficacia. En 1945 se aceptaron cinco lenguas (chino, francés, español, inglés y ruso) como oficiales en Naciones Unidas. El árabe se agregó después de la crisis energética de los años setenta.
En teoría, en Naciones Unidas hay seis lenguas oficiales con los mismos derechos, y en esos idiomas se produce gran cantidad de documentos mediante un costoso servicio de traducción. Pero de hecho, el inglés es la lengua de trabajo dominante y eso se acepta con disimulo en la ONU. Las potencias francófonas han expresado en vano su descontento y sus protestas tienen poco que ver con la igualdad o con los derechos de lenguas que no sean el francés. Existe una resistencia muy fuerte contra las reformas al sistema, pues éste refleja una serie de compromisos políticos, el gusto por el sistema por parte de quienes lo administran y la poca inclinación a pensar en alternativas.
Las alternativas propuestas por Tonkin (1996, p. 22-24) se basan en una aceptación más abierta de una sola lengua, o el inglés o el esperanto, en un mayor esfuerzo por fomentar el aprendizaje de idiomas y el plurilingüismo abierto, o en un sistema en el que estuvieran disponibles servicios lingüísticos pero fueran de paga. En la actualidad nada indica que haya inclinación por cambiar el sistema, aunque la ONU busca la forma de reducir gastos y hasta la cuarta parte del presupuesto de trabajo del organismo se dedica a servicios de interpretación y traducción (Fettes, 1996, p. 119). El sistema es ineficaz: porque muchos representantes no hablan ninguna de las lenguas oficiales en forma comprensible y fluida; por los problemas logísticos para proporcionar interpretación en las lenguas oficiales designadas; y por el derroche que representa traducir textos a todas las lenguas oficiales, aunque no todas éstas se usen mucho. Como observó un ex intérprete en el sistema de la ONU, resulta paradójico dedicar tanto dinero a tales asuntos, cuando las actividades primordiales de la ONU, como la conservación de la paz, el cuidado de la salud y el fomento de los derechos humanos, reciben demasiado poco (Piron, 1994).
Este hecho no facilita directamente la cooperación, ¿por qué los representantes de ciertas naciones pueden hablar en su lengua materna en las reuniones de la ONU mientras que otros, la mayoría, no pueden? Y ¿por qué la mayoría de los miembros de la ONU lo aceptan? Existen poderosos grupos de presión que trabajan para que el portugués, el hindi, el japonés y otras lenguas más se conviertan en lenguas oficiales de la ONU. ¿No sería justo? Y cuando se trata de justicia, la ONU debería dar el ejemplo.
ResponderEliminarEstaría bien que cada representante pudiera hablar en su idioma, pero es que esto generaría un caos: Más traductores, más gastos y una mayor pérdida de tiempo en la interpretación. Por ello, es correcto que los idiomas que más se hablen sean los oficiales. Además, al igual que cualquier ciudadano, ellos como representantes deberían hablar el inglés por ejemplo.
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